Unas proteínas podrían decidir qué recordamos o borramos de la memoria

Algunos episodios de ansiedad están relacionados con la incapacidad de borrar de la memoria experiencias traumáticas adquiridas con anterioridad. Los científicos han encontrado una explicación biológica a que cada persona almacene de manera diferente sus propias experiencias vitales,  gracias a la participación de proteínas específicas.

Un estudio que se acaba de publicar en la edición avanzada en línea de la revista Neuropsychopharmacology ha identificado una proteína, la hipocretina/orexina-1 que influye en el establecimiento de la memoria aversiva.

El sistema de hipocretinas y orexinas está implicado en la regulación de estados emocionales. Por ejemplo, se hallan niveles elevados de esta sustancia en el fluido cerebroespinal de pacientes diagnosticados de pánico de ansiedad. Los autores del estudio partieron del supuesto de que esta proteína podría estar implicada en la consolidación o desaparición, según el caso, de la memoria aversiva o memoria de experiencias desagradables y poco gratificantes.

Se hallan niveles elevados de esta sustancia en el fluido cerebroespinal de pacientes diagnosticados de pánico de ansiedad

El miedo podría tener tratamiento

En su experimento con roedores, los investigadores han puesto de manifiesto que, efectivamente, bloqueando la acción de los receptores de la proteína hipocretina/orexina-1 se facilita la desaparición de este tipo de memoria, lo que indica que se ha identificado una buena diana terapéutica para el tratamiento de enfermedades que cursan con una inapropiada retención de experiencias desagradables, como el miedo y el estrés postraumáticaco, e incluso para algunos tipos de fobias.

Este estudio forma parte de la investigación doctoral llevada a cabo por África Flores, primera firmante del artículo y miembro del laboratorio de Neurofarmacología que dirige Rafael Maldonado en el Departamento de Ciencias Experimentales y de la Salud (CEXS) de la UPF, conjuntamente con Victoria Valls- Comamala, Rocío Saravia y Fernando Berrendero, este último investigador principal del estudio, todos ellos miembros del laboratorio de Neurofarmacología, con la participación de Giulia Costa, investigadora de la Universidad de Cagliari (Italia).

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