Ecología

El delicado y complejo equilibrio de los aerosoles en la pluviosidad

(NC&T) Daniel Rosenfeld, de la Universidad Hebrea en Jerusalén, junto a Meinrat O. Andreae, Director del Instituto Max Planck para Química en Maguncia (Mainz), y sus colaboradores, están investigando ahora un nexo de unión entre los efectos a menudo contradictorios que estas partículas diminutas tienen sobre la precipitación. Su nuevo enfoque se basa en observar cómo los aerosoles hacen cambiar el flujo de energía en la atmósfera.

Dado que el papel de los aerosoles ha sido hasta la fecha objeto de muchísimo debate y una fuente de gran incertidumbre en las predicciones climáticas realizadas por los investigadores, este trabajo elimina uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de pronósticos climáticos más exactos.

Los seres humanos insuflamos inmensas cantidades de aerosoles en el aire con nuestros vehículos, instalaciones industriales, y sistemas de calefacción, entre otras muchas fuentes antropogénicas de aerosoles. Por ejemplo, los fuegos controlados que se usan para limpiar secciones de bosques también provocan la liberación de estas partículas flotantes que, en algunos casos, miden sólo unas milésimas de milímetro, o incluso menos.

Antes de que el Ser Humano comenzase a ejercer su influencia nociva sobre el medio ambiente, la carga de aerosoles en el aire sobre la tierra era sólo el doble que en el aire ubicado sobre el mar. Hoy, en cambio, la carga del primero puede ascender a cien veces más que la del segundo. No hay duda de que los aerosoles naturales y los antropogénicos tienen un impacto en nuestro clima. Pero, ¿qué efecto tienen, exactamente? Algunos expertos creen que conducen a más nubes y más precipitación. Otros piensan que significan menos nubes y menos precipitación. "Ambos bandos tienen razón", explica Andreae. "Pero depende del número de partículas. Esto es lo que determina cómo se distribuye la energía necesaria para evaporar agua y transportar aire".

Aerosoles y pluviosidad
Una nube normal a la izquierda produce lluvia. La de la derecha no, porque contiene demasiados aerosoles. (Foto: Meinrat Andreae, MPI for Chemistry/Daniel Rosenfeld, Hebrew University, Jerusalem)
Las nubes y, por consiguiente, la lluvia, sólo son generadas cuando el aire caliente y húmedo sube desde la tierra, y el agua se condensa o se congela alrededor de los aerosoles en las alturas. El número de aerosoles controla cómo se distribuye la energía, proveniente del Sol, en la atmósfera.

Los efectos de los aerosoles sobre la energía en tierra firme y en la formación de gotas en las alturas habían sido hasta ahora considerados por separado, lo que condujo a conclusiones contradictorias. El hilo común que ahora ha seguido el equipo a través del laberinto de efectos conflictivos es el flujo de energía. Con este enfoque, el equipo ha unido los dos procesos.

La relación entre la cantidad de aerosoles y la energía disponible en la atmósfera para formar precipitación puede ser descrita como una curva. Inicialmente, la cantidad de energía liberada se eleva a medida que el número de aerosoles aumenta; luego alcanza un pico y entonces cae considerablemente. Antes del pico de la curva, más aerosoles proporcionan más precipitación; después, los aerosoles adicionales la reducen.

La curva alcanza la concentración máxima a 1.200 núcleos de condensación por centímetro cúbico de aire.




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