Biología

Guerra por el hierro en el océano

Aún no está clara la causa de tales anomalías, pero una respuesta probable podría ser que el hierro desencadena una especie de guerra química en el ecosistema marino, según el oceanógrafo Mark Wells, de la Universidad de Maine. Una guerra que no siempre ganan las diatomeas.

En colaboración con científicos de un exhaustivo programa japonés de investigación, Wells y un equipo de especialistas de la Universidad de Maine y otras, están estudiando el destino del hierro en las aguas oceánicas. Sus hallazgos podrían ayudar a determinar la viabilidad de una propuesta para combatir la amenaza del Calentamiento Global.

Durante más de un siglo, los oceanógrafos trataron de esclarecer el por qué de la poca abundancia de fitoplancton en aguas supuestamente aptas para la vida en cuanto a su contenido de nutrientes. En 1989 se comprobó que el hierro era el ingrediente que faltaba.

Dado que las plantas en crecimiento absorben dióxido de carbono, y que el hierro puede estimular notablemente su crecimiento, un sector de la comunidad científica cree que aumentos naturales en las aportaciones de hierro a los océanos durante el pasado geológico pudieron haber estimulado lo suficiente el crecimiento vegetal como para que absorbieran dióxido de carbono en cantidades muy importantes, hasta el punto de afectar al clima global, quizá incluso contribuyendo a la llegada de las eras glaciales. Por ello, se ha sugerido que la fertilización con hierro podría reducir el peligro del calentamiento global. Sin embargo, esta idea levanta mucha controversia, dado el limitado conocimiento que aún se tiene sobre la cuestión.

Dentro de los estudios tendentes a comprender mejor el papel del hierro, el proyecto llevado a cabo por los japoneses fue uno de los de mayor éxito en cuanto al registro de crecimiento de fitoplancton después de la fertilización con hierro.

Sin embargo, las anomalías detectadas en el crecimiento acelerado de estos ecosistemas bajo experimentación, y otros comparables, han sido un interrogante abierto que sólo tal vez ahora empiece a ser respondido. Wells y sus colegas creen estar ante la respuesta. El suelo contiene cantidades importantes de hierro, pero buena parte de él permanece encerrado en minerales, tan accesible para los microorganismos como lo está el oro para los ladrones en Fort Knox. Sin embargo, bacterias y hongos han aprendido a extraer parte de este hierro mediante la construcción de una trampa basada en sideróforos (moléculas secuestradoras de hierro), que van acumulándolo, para su posterior uso biológico. Y en muchos casos, sólo el organismo que construyó la molécula en primer lugar, tiene la "llave" para "abrir la cerradura" de la trampa. En algunas ocasiones, otras bacterias han desarrollado métodos para robar el hierro de moléculas que ellas no produjeron. En resumen, toda una guerra se desarrolla alrededor del hierro. Los autores del nuevo estudio creen que una situación muy parecida puede estar produciéndose en ciertas zonas marítimas. Ello explicaría las anomalías observadas.


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