Biología

Dificultades en el control del suicidio celular


Entre las sustancias candidatas para futuros tratamientos médicos, un grupo importante de ellas han resultado ser tóxicas para los embriones recién formados, según la investigación publicada en el último número de la revista española The International Journal of Developmental Biology.

Pese a las connotaciones de la palabra, el suicidio deliberado de determinadas células del cuerpo beneficia al organismo. Ocurre en células que están dañadas y no tienen arreglo, como las invadidas por un virus, y su muerte celular programada, denominada apoptosis, permite defenderse de infecciones. Pero los fallos que activan ese proceso cuando no es necesario desencadenan enfermedades degenerativas en las que mueren a un ritmo acelerado células de tejidos fundamentales. Por el contrario, si la capacidad de apoptosis está dañada o bloqueada, se produce una proliferación celular incontrolada de células, es decir, un tumor.

El suicidio celular también es vital en el desarrollo y el crecimiento. Por ejemplo, para que un bebé nazca con los dedos separados es imprescindible que en un momento concreto las células que unen entre sí los dedos del embrión inicien su apoptosis. Entonces es cuando entran en juego las caspasas, unas enzimas que ponen en marcha el proceso.

Suicidio celular
Apoptosis, la muerte celular programada (Foto: Revicien)
"Hemos comprobado que las caspasas tienen otras funciones importantes en los embriones, además de su intervención en la muerte celular programada", afirma Zahra Zakeri, una investigadora iraní cuyo equipo de la Universidad de la Ciudad de Nueva York se propuso estudiar cuándo comienza esa muerte celular en los embriones de mamíferos. Para ello contaron con la colaboración de científicos del Centro Nacional de Biotecnología de Madrid, dirigidos por Carlos Martínez Alonso.

Los investigadores utilizaron embriones de ratón, a los que añadieron sustancias que bloquean la acción de las caspasas e impiden que inicien la apoptosis. Pero se encontraron con el efecto contrario: los inhibidores de determinadas caspasas incrementaron la muerte de células y aparecieron anormalidades durante el desarrollo de los embriones. Lo más sorprendente fue que esto se produjo en embriones recién formados, de menos de ocho células, en los que todavía no se han empezado a producir los suicidios celulares y la inhibición de las caspasas no tendría por qué afectar al embrión.

Sin embargo, en los casos en los que se aplicó un inhibidor genérico de todas las caspasas a embriones de ratón de 1 ó 2 células, ninguno de ellos llegó a la fase de blastocisto, en la que el embrión es una bola rellena de células madre. "Quizás lo que ocurre es que las caspasas también ayudan a que las células del embrión se separen entre las que van a formar la placenta y las células madre embrionarias", sugiere Zahra Zakeri, quien también maneja otras hipótesis por las que los inhibidores de caspasas no sólo no protegen las células de los embriones tempranos de mamíferos, sino que resultan muy tóxicos.

"Todavía estamos muy lejos de aplicaciones específicas para curar enfermedades", advierte la investigadora, para quien su estudio confirma que hay que extremar los cuidados en la manipulación de las caspasas, a pesar de sus prometedoras aplicaciones terapéuticas en forma de medicamentos de diseño que podrían ser capaces de evitar el suicidio celular en tejidos afectados por enfermedades degenerativas, o de inducir al suicidio a las células cancerosas y evitar así su reproducción incontrolada.


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