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Las mascotas robóticas pueden ser mal remedio para la melancolía

(NC&T) Turkle, psicóloga clínica y profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología, ha dado a conocer sus preocupaciones sobre las implicaciones de incrementar la interacción personal entre robots y humanos.

Ella es una pionera de la noción ahora aceptada de que "las tecnologías no son sólo herramientas". Desde los Furbies, a perros robóticos como Aibo, pasando por "mascotas" de bolsillo como los Tamagotchis, o Paro, una cría de foca robótica que responde al tacto, niños y adultos están formando lazos emocionales con las máquinas, delatando la aplicación doméstica más nefasta psicológicamente de la robótica: que en lugar de que la máquina se dedique a cuidarnos, seamos nosotros quienes nos desvivamos por atenderla a ella.

Robots cada vez más sofisticados, con ojos grandes que siguen nuestro rostro o que responden a la voz humana y al tacto, activan en nosotros una respuesta "darwiniana"; nuestro cerebro está "cableado" para reaccionar de ese modo a objetos que siguen nuestros movimientos.

El asunto no tiene que ver con el desarrollo de la Inteligencia Artificial. El problema no está en las características intrínsecas de estas cibermascotas sino en la respuesta emocional que se va desarrollando en sus cuidadores humanos.

Mascotas robóticas
Sherry Turkle. (Foto: Donna Coveney)
Una de las preocupaciones de Turkle surgió a raíz del efecto de una muñeca altamente interactiva, "Mi Bebé Real" de Hasbro, y de las focas Paro, en las personas ancianas. Dejó unas cuantas muñecas "Mi Bebé Real" en una residencia geriátrica local, y cuando regresó, encontró que el personal del centro había comprado 25 muñecas más debido al efecto tranquilizador en los residentes.

Sin embargo, Turkle no está feliz con eso. Piensa que la respuesta tranquilizadora se basa en una farsa. "¿Qué puede saber algo que no tiene un ciclo de vida, sobre tu muerte o sobre tu dolor?".

Cita el caso de una mujer de 72 años, que debido a su tristeza, veía que su juguete robótico también estaba triste. Turkle se pregunta: "¿Qué podemos hacer ante una relación así, la de una mujer deprimida y su robot?".

Turkle argumenta que aunque un perro no habla, sí conoce algo de la persona con la que convive, e incluso puede llegar a sentir afecto hacia ella. Sin embargo, una mascota robótica no sabe nada de la persona y tampoco siente nada.

Turkle señala también que al final los robots con parecido humano serán "objetos de pruebas por medio de los cuales encontraremos nuevos conocimientos psicológicos acerca de nosotros mismos".


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