(NC&T) La investigación trata de esclarecer un largo debate sobre si el calentamiento de las aguas superficiales del mar producido por el cambio climático está causando huracanes más frecuentes o más poderosos en el Atlántico Norte.
Antes de que empezaran las observaciones satelitales en la década de 1960, la vigilancia del tiempo no era uniforme. Las estaciones de monitorización terrestres, navales, y aerotransportadas, probablemente se perdieron algunos huracanes, que tienden a durar aproximadamente una semana. Este tipo de incertidumbre constituye un problema para los científicos, ya que no pueden identificar tendencias de manera fiable mientras no sepan el número exacto de huracanes.
Para rellenar los vacíos históricos, Carl Ebeling, de la Universidad del Noroeste en Evanston, y su colega Seth Stein, están examinando el ruido sísmico, un murmullo de fondo que siempre está presente y que baña la superficie de la Tierra. El ruido sísmico obtiene su energía de la atmósfera y entonces se transmite a través de los océanos y en tierra firme. Durante mucho tiempo, se ha hecho caso omiso de los cambios sutiles en la frecuencia y la amplitud del ruido sísmico captado por los sismómetros.
Ebeling y Stein analizaron sismogramas digitales que datan de principios de los años 90, y que provienen de dos estaciones de monitorización: una en la ciudad de Harvard, Massachusetts, y la otra en San Juan, Puerto Rico.
Sus resultados preliminares sugieren que los huracanes producen patrones reconocibles, y que las señales generadas por ellos viajan a grandes distancias. La estación de Harvard grabó las señales del huracán Andrew a más de mil kilómetros de distancia.