El polvo atmosférico puede que no mitigue el efecto invernadero tanto como se creía
(NC&T) Los gases de efecto invernadero que calientan la atmósfera terrestre tienen sus adversarios: las partículas de polvo suspendidas en el aire que son conocidas como aerosoles. Estos surgen de manera natural, por ejemplo cuando el viento levanta el polvo del desierto, y de modo artificial mediante las actividades humanas. Una gran proporción de los aerosoles artificiales surge del dióxido de azufre que se genera, a su vez, por la combustión de combustibles fósiles.
Los aerosoles se consideran refrigerantes climáticos que compensan parcialmente el calentamiento de la tierra por los gases de efecto invernadero. Los climatólogos imaginan el funcionamiento de este mecanismo enfriador en términos muy simples: Cuando los aerosoles penetran en las nubes, atraen moléculas de agua y actúan por consiguiente como núcleos de condensación para las gotas de agua. A mayor cantidad de partículas de aerosol suspendidas en la nube, más gotas de agua se forman. Cuando las partículas de polvo originadas por el hombre se unen a las naturales, aumenta el número de gotas. Como consecuencia, disminuye el tamaño medio de estas gotas. Como las gotas más pequeñas no caen a la superficie, los aerosoles impiden que se desencadenen las precipitaciones y así las nubes perduran durante más tiempo. Por consiguiente, aumenta la cubierta nubosa que se interpone entre la superficie de la Tierra y el espacio exterior. Como las nubes tienen una buena capacidad para reflejar la radiación solar y devolverla al espacio, la atmósfera atrapa menos calor que cuando el cielo está despejado.
Hasta la fecha, sin embargo, no ha sido posible cuantificar la influencia que sobre el clima tiene ese efecto mitigador. Las estimaciones varían mucho.
Según Bjorn Stevens y Graham Feingold, la enorme incertidumbre que rodea a este fenómeno es indicativa del hecho de que la explicación del mecanismo refrigerante generado por los aerosoles se ha simplificado demasiado.
Cada nube es diferente y distintas sus reacciones ante los aerosoles. (Foto: Max Planck Institute for Meteorology / Stevens)
Stevens y Feingold han llegado a la conclusión de que las nubes reaccionan a los aerosoles de una manera muy compleja, y que esta reacción depende mucho del tipo y el estado de la nube. Por ende, el problema de los aerosoles es un problema de las nubes. Los climatólogos deben concentrarse más en los sistemas nubosos y deben entenderlos mejor.
Los procesos que contrarrestan o incluso neutralizan la influencia de las partículas de aerosol en las nubes no se han tenido en cuenta hasta el momento. Un ejemplo: Cuando una nube de tipo cúmulo entra en contacto con los aerosoles, no llueve. Sin embargo, esto tiene ciertas consecuencias: el agua se eleva y se evapora sobre la nube. El aire que descansa sobre la nube se refresca y se torna susceptible a la extensión vertical ascendente del cúmulo. Los cúmulos más altos liberan lluvia más fácilmente que los más bajos. Esto es lo que causa las precipitaciones. Por consiguiente, en tales situaciones los aerosoles no impiden la lluvia.
Stevens y Feingold creen que el efecto refrigerante de los aerosoles probablemente sea mínimo.