Paleontología Archive

Una flor fósil de 64 millones de años hallada en la Patagonia ofrece nuevos datos sobre la evolución de las plantas

Un equipo científico de Estados Unidos y Argentina ha identificado que se corresponde con el grupo de las Rhamnaceas y ha podido profundizar en cómo fueron las conexiones de la vegetación entre los continentes

Cristina G. Pedraz/DICYT Investigadores de la Cornell University (Estados Unidos), de la Universidad Nacional del Comahue y del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Ambiente (INIBIOMA-CONICET) de San Carlos de Bariloche, Rio Negro (Argentina) y de la Universidad Estatal de Pennsylvania (Estados Unidos) han estudiado flores fósiles halladas en rocas de 64 millones de años en la denominada Formación Salamanca, en la Patagonia (Chubut, Argentina).
El objetivo ha sido identificar a qué grupo de plantas se corresponden y de esa forma conocer hace cuánto que existen en la Tierra y cómo fueron las conexiones de la vegetación entre los distintos continentes. El trabajo acaba de publicarse en la revista ‘Plos One’.

El estudio tiene su origen en algunos fragmentos de los más de 2.500 materiales fósiles vegetales hallados durante los estudios de doctorado de Ari Iglesias, investigador de la Universidad Nacional del Comahue en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Ambiente INIBIOMA-CONICET, en la Formación Salamanca, una unidad geológica de gran relevancia en las interpretaciones geológicas y paleontológicas del Hemisferio Sur.

Según explica a DiCYT el investigador, antes de los estudios realizados por su equipo no se conocía muy bien la edad de esta unidad y tampoco su composición vegetal. “En el Hemisferio Sur rocas de esta edad (64 millones de años) son muy escasas y su estudio muy importante, ya que corresponde al periodo de tiempo más antiguo que se conoce para la era Cenozoica, justo al que siguió a una gran extinción masiva a nivel global”, subraya.

Existen muy pocos registros en el mundo de lo que ocurrió después de esta gran pérdida de finales del periodo Cretácico, cuando más del 70 por ciento de la flora y fauna del planeta se extinguió. Además, precisa, los materiales de flores son muy poco comunes en el registro fósil pese a que pueden brindar un detalle mucho más indicativo de las especies o grupos de plantas que vivieron en el pasado, más que el registro del polen o las hojas y maderas fósiles.

“El estudio de los fósiles y los sedimentos de la Formación Salamanca en Patagonia resulta clave para entender los procesos que llevaron a la evolución de las plantas y animales hasta nuestros días. Poseen el potencial de explicar cómo es que se llega a una diversidad tan enorme en el Neotrópico y la distribución de los mismos grupos vegetales, actualmente tan distantes, en Australia y América del Sur”, apunta Iglesias.

Flores del grupo de las Rhamnaceas

Durante las campañas de campo en Patagonia realizadas entre el 2005 y el 2012, los investigadores pudieron recopilar varias flores fósiles que se preservaban dentro de rocas, aplastadas en forma de lajas. Los materiales, muy pequeños, tuvieron que ser limpiados de sedimento que lo cubría, bajo lupa y con herramientas similares a las de los dentistas, un proceso que fue realizado en el Museo Egidio Feruglio de la ciudad de Trelew (Argentina).

Después, los materiales fueron fotografiados con cámaras digitales conectadas a las lupas y algunos materiales observados bajo luz fluorescente y microscopía electrónica para observar los caracteres más pequeños. Al mostrar cada fósil una cara diferente de la flor, los científicos pudieron realizar una reconstrucción completa.

La flor fósil posee cinco estambres y cinco pétalos preservados, con una estructura muy poco común, fusionados en su base entre sí. Esta particular forma permitió identificar a un grupo de plantas que hoy viven en regiones tropicales de Brasil y Australasia (las Rhamnaceas), bajo climas húmedos y cálidos, muy diferentes a los que hoy existen en la región patagónica donde fueron descubiertas.

Estos hallazgos, continúa Iglesias, indican que en esa época la “Patagonia tenía cierta conexión con Australasia vía el continente Antártico –que, en ese momento, carecía de hielo sobre sus tierras-“. Dentro del mismo grupo de plantas está el Mistol, un árbol pequeño que también vive en la región del Chaco (Argentina).

De esta forma, la flor fósil encontrada supone el registro más antiguo de este grupo de plantas que vivió o sobrevivió al cataclismo global que ocurrió en la extinción masiva a fines del periodo cretácico (hace 65 millones de años). “Muchos grupos de plantas y animales no lograron sobrevivirlo, pero la nueva evidencia fósil de Patagonia es muy importante para conocer los acontecimientos que ocurrieron inmediatamente después”.

El año pasado también fue publicado el análisis de daños de insectos sobre las hojas de esta misma edad en la Patagonia, por el mismo grupo de trabajo. En ese estudio se evidenció que la extinción masiva también ocurrió en la Patagonia en ese momento, ya que se pensaba que no habría tenido tanto efecto como en otras regiones del planeta Tierra, y que algunos insectos y varias plantas lograron sobrevivir.

Referencia bibliográfica:
Jud, N.A., Gandolfo, M.A., Iglesias, A., Wilf, P. (2017). Flowering after disaster: Early Danian buckthorn (Rhamnaceae) flowers and leaves from Patagonia. PLoS ONE 12(5): e0176164. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0176164

El antepasado más antiguo de las aves y los dinosaurios

Un nuevo estudio, en el que participó un investigador del CONICET, muestra que algunos rasgos característicos de los dinosaurios habrían aparecido antes de lo que se creía y la diversidad anatómica habría sido mayor a la esperada

CONICET/DICYT Hace aproximadamente 250 millones de años ocurrió la extinción masiva del Pérmico-Triásico, un evento en el cual murieron hasta el 96 por ciento de las especies marinas y un porcentaje similar de las terrestres. Cerca de tres millones de años después se produjo la separación, a partir de un ancestro en común, de los linajes que con el tiempo darían origen a las aves y los cocodrilos. El grupo que incluye tanto a cocodrilos como aves se lo denomina Archosauria, que significa ‘reptiles dominantes’.

A partir de esos hechos – documentados por el hallazgo de sus fósiles – la ciencia fue estableciendo los linajes y la evolución de las diferentes especies de cocodrilos y dinosaurios a lo largo de millones de años.

Sin embargo, la descripción reciente de una especie, Teleocrater rhadinus, obliga a replantear mucho de lo que se sabía: incluye los huesos fósiles más antiguos del linaje que daría origen a los dinosaurios y a sus descendientes, las aves.

A partir de esta información los científicos deben rearmar el árbol de la evolución porque Teleocrater es el primer ejemplar de un nuevo grupo de reptiles enigmáticos, que llamaron Aphanosauria, que vivió antes de la separación entre los linajes de dinosaurios y pterosaurios. El trabajo fue publicado en la reconocida revista Nature.

Es decir que, a partir de un único ancestro en común se abrieron dos ramas: la que con el tiempo llevaría a la aparición de los cocodrilos (rama cocodriliana), y la segunda (rama aviana), que daría con el tiempo origen a los dinosaurios no avianos y a las aves. Es al inicio de esta segunda rama que se ubica Teleocrater.

Este animal tenía características físicas similares a los dinosaurios y los cocodrilos. “Nos muestra que los precursores de los dinosaurios tenían una diversidad anatómica mucho más amplia de la que se pensaba y muchas características presentes en los precursores de los cocodrilos se encontraban también en los miembros más antiguos del linaje de las aves, como por ejemplo una configuración de los huesos del tobillo que se creía que era exclusiva de los cocodrilos y sus predecesores”, explica Martín Ezcurra, investigador adjunto del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales ‘Bernardino Rivadavia’ (MACN-CONICET) y uno de los autores del trabajo.

La edad de los fósiles ronda los 240-245 millones de años. Teleocrater era un cuadrúpedo de constitución ligera, con un largo aproximado entre 2 y 3 metros, una altura cercana al medio metro, pesaba entre 10 y 30 kilos y tenía una cola larga. Era más parecido a un cocodrilo que a los pequeños precursores de los dinosaurios que se conocían de rocas algo más jóvenes del noroeste de la Argentina. Los aphanosaurios tenían un cuello relativamente largo, como otras especies emparentadas con los dinosaurios, y dientes afilados, serrados y curvos, lo que sugeriría una dieta carnívora.

“Teleocrater y el nuevo grupo de animales que describimos en nuestro trabajo, los Aphanosauria, permiten llenar una brecha anatómica y temporal en la historia evolutiva del linaje que condujo a los dinosaurios”, agrega Ezcurra.

Parientes cercanos

El nombre Teleocrater deriva del griego antiguo y se refiere a la forma de la cavidad de la cadera donde se insertaba el fémur (‘Teleos’, significa completo y ‘krater’, cuenca), y rhadinos, que significa esbelto, en referencia a su contextura anatómica.

“Esta especie provee nueva información que nos permite reconocer un grupo completamente nuevo de reptiles enigmáticos (que hemos llamado Aphanosauria) en la base de la línea aviana de los arcosaurios, antes de la división entre los linajes de pterosaurios y dinosaurios”, explican los autores en el trabajo.

“Los miembros de Aphanosauria tenían morfologías transicionales que combinan características presentes en los ancestros comunes de aves y cocodrilos, como articulaciones en los tobillos similares a las de los segundos, articulación accesoria en las vértebras dorsales, modificación en la segunda costilla sacra y la presencia de inserciones musculares ubicadas en regiones características cercanas a la articulación del fémur y la cadera”, agrega Ezcurra.

Teleocrater rhadinus. Imagen: gentileza Gabriel Lío.

La historia del antepasado que nadie conocía

Las aves y los cocodrilos, ambos arcosaurios modernos, divergieron de su ancestro común en el Triásico Temprano, hace aproximadamente 247 millones de años, antes de la aparición de los primeros dinosaurios. En el momento de esta separación (conocida como divergencia entre cocodrilos y aves) ocurrieron cambios morfológicos, como en las proporciones de los miembros y el tamaño del cuerpo, entre otros.

Teleocrater rhadinus vivió en el Triásico Medio, entre 240 y 245 millones de años atrás. Por esa época el supercontinente Pangea, donde vivía, habría comenzado a separarse y por eso los fósiles de Teleocrater y sus parientes fueron encontrados en Rusia, India, Tanzania y Brasil.

Los primeros fósiles de Teleocrater fueron hallados en 1933 por F. Rex Parrington en Tanzania, un paleontólogo británico de la Universidad de Cambridge. Estos restos fueron estudiados preliminarmente en 1956 por el también británico Alan Charig pero nunca se publicaron. Nuevos restos de Teleocrater fueron encontrados también en la misma región de Tanzania por un equipo internacional – del que participaron varios autores de este trabajo – en 2015.

Confirman la combinación de caracteres primitivos y modernos en el Homo antecessor

El investigador del CENIEH José Mª Bermúdez de Castro lidera el equipo científico que publica un estudio sobre la dentición temporal de esta especie del Pleistoceno Inferior hallada en el nivel TD6 del yacimiento de Gran Dolina, en Atapuerca

José Mª Bermúdez de Castro, coordinador del Programa de Paleobiología del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) lidera el equipo científico que acaba de publicar en la revista American Journal of Physical Anthropology un artículo sobre la dentición temporal o decidua de la población infantil de Homo antecessor, que confirma que esta especie tiene rasgos muy primitivos en los dientes, mezclados con caracteres derivados, y que unido a otros estudios del resto del esqueleto nos da una información mucho más completa de la combinación única y exclusiva de esta especie.

Este artículo, titulado ‘Early Pleistocene hominin deciduous teeth from the Homo antecessor Gran Dolina-TD6 bearing level (Sierra de Atapuerca, Spain)’ describe la muestra de dientes de leche de Homo antecessor que fueron apareciendo entre 2003 y 2007 en el nivel TD6 del yacimiento de Gran Dolina en la Sierra de Atapuerca (Burgos).

Se trata del primero de una serie de dos trabajos sobre los nuevos dientes de TD6, que ya incluyen la estratigrafía realizada por los investigadores del CENIEH Alfredo Pérez González e Isidoro Campaña. Con esos datos estratigráficos y la información de dientes, maxilares y mandíbulas se puede estimar el número mínimo y máximo de individuos representados en la zona hasta ahora excavada: un mínimo 10 y máximo de 15. “Si el número fuera 15, que es lo más probable, el porcentaje de individuos inmaduros sería del 80%. Un dato muy interesante para estudiar crecimiento y desarrollo de Homo antecessor”, explica José Mª Bermúdez de Castro.

Los investigadores confían en que la nueva excavación en extensión de TD6 pueda reiniciarse dentro de cinco años, ya que como explica Bermúdez de Castro “así se podrá contrastar las hipótesis que estamos proponiendo en la actualidad con la información disponible”.

El yacimiento de La Noira evidencia la cultura achelense más antigua del Noroeste de Europa

Un equipo francés de científicos del que forma parte Davinia Moreno, geocronóloga del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) ha publicado en la revista Quaternaire dos artículos sobre el yacimiento francés de La Noira, datado en 650.000 años mediante Resonancia Paramagnética Electrónica (ESR), que constituye una prueba de la presencia de la cultura achelense más antigua del Noroeste de Europa.

Estas dos publicaciones presentan los resultados obtenidos de más de una década de estudios dedicados a este yacimiento situado en el Centro de Francia, desde un punto de vista sedimentológico, geoarqueológico y geocronológico, enmarcado en el proyecto de investigación Los primeros poblamientos prehistóricos en las formaciones aluviales de la cuenca del Loira.

El yacimiento de La Noira evidencia la cultura achelense más antigua del Noroeste de Europa

Este proyecto que comenzó en 2003, apoyado por el Ministerio de Cultura Francés, el Departamento de Prehistoria del Museum National d’Histoire Naturelle de París y el Gobierno Regional del Valle del Loira, ha permitido elaborar un marco geológico, cronológico, arqueológico y paleoambiental del sistema fluvial del río Cher y de los yacimientos prehistóricos asociados, que se recoge en estos dos artículos.

Grandes bifaces
El sistema fluvial del río Cher, que recorre el Centro de Francia, está formado por varias terrazas fluviales las cuales han sido datadas por ESR entre 1 millón (las terrazas más antiguas) y 60.000 años (las terrazas más jóvenes). El yacimiento de La Noira se encuentra en una de estas terrazas y es conocido por su industria achelense con bifaces de gran tamaño.

Los estudios geoarqueológicos han demostrado que los homínidos recogían placas de roca silícea lacustre que no estaban alteradas por procesos de gelifracción, es decir, no estaban fragmentadas por la congelación y el deshielo del agua contenida en sus poros y grietas, y posteriormente las utilizaban para fabricar bifaces.

Las excavaciones arqueológicas han confirmado que La Noira es un yacimiento en posición primaria, ya que se trata de una zona de aprovisionamiento de materias primas y de fabricación de herramientas líticas. “El descubrimiento de otros yacimientos en posición primaria en la misma región parece indicar que este tipo de ocupación se ha repetido a lo largo del tiempo”, afirma Davinia Moreno.

Hallados fósiles humanos y de fauna e industria lítica en la última campaña en la Garganta de Olduvai

El yacimiento tanzano de TK, que dirige el arqueólogo Manuel Santonja, lo convierten en un lugar clave en el estudio de la primera etapa del achelense en África

CENIEH/DICYT Durante la campaña de excavación 2017 en la garganta de Olduvai (Tanzania), el Equipo del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), liderado por Manuel Santonja, que investiga desde 2009 en el yacimiento de Thiongo Korongo (TK) ha hallado, en un nivel datado en 1’3 millones de años, un molar y fragmentos de un mismo húmero de Homo ergaster/erectus junto a abundantes herramientas líticas achelenses y restos óseos de elefante (Palaeoloxodon recki).

En esta campaña de excavación realizada en TK entre enero y febrero se ha reconocido un área de 16 metros cuadrados, incluida en los 84 metros cuadrados excavados en el nivel superior, con numerosos restos de un ejemplar de Palaeoloxodon recki, un antepasado de los elefantes africanos actuales que podía alcanzar 4’5 metros de altura y que constituye la mayor especie de proboscídeo conocida, que presentan evidencias claras de intervención antrópica.

Investigadoras del CENIEH y del TOPPP documentado los restos de Palaeoloxodon recki hallados en Thiongo Korongo (TK).

De este mismo nivel proceden el molar y húmero de Homo ergaster/erectus así como restos del esqueleto más completo que se conoce de Sivaterio (Sivatherium), el miembro más grande de la familia de las jirafas, extinguido hace tan solo 8.000 años. El nivel que incluye estos restos se encuentra estratigráficamente por encima y muy próximo a otro de naturaleza muy diferente en el que se han excavado en años anteriores (2010-2015) cerca de 150 metros cuadrados.

Yacimiento clave del Achelense en África

La buena preservación de ambos niveles arqueológicos en combinación con las amplias superficies excavadas, la densidad de herramientas líticas, la singularidad de los restos óseos registrados, así como el hallazgo de Homo ergaster/erectus, hacen de Thiongo Korongo un yacimiento clave en el estudio de la primera etapa del achelense en África.

Las diferencias observadas, en particular la presencia de miles de útiles líticos, muchos de ellos de gran tamaño y un número reducido de restos óseos en el nivel inferior, frente a una menor densidad de piezas líticas con una significativa presencia de mega herbívoros en el nivel superior, permiten plantear la hipótesis de que en estos niveles se desarrollaron distintas actividades.

Dada la situación observada, que se produce en un breve espacio de tiempo, se puede relacionar esta variabilidad con distintos patrones de conducta y descartar que respondan a desarrollos tecnológicos evolutivos en el achelense.

“La excavación de TK está aportando información clave para establecer nuevas hipótesis aplicando análisis traceológicos y de micro residuos y bio-marcadores pioneros en los yacimientos africanos de esta cronología”, afirma Manuel Santonja.

Nuevos datos sobre los insectos polinizadores de plantas cretácicas hace 105 millones de años

UJI/DICYT Darwinylus marcosi es el nombre del escarabajo —inspirado en la pasión del naturalista inglés Charles Darwin por estos insectos— que representa la primera evidencia científica de un nuevo patrón de polinización en insectos en el Cretácico medio, según un artículo de la revista Current Biology publicado por investigadores de la Universidad de Barcelona, la Universitat Jaume I de Castelló y el Instituto Geológico y Minero de España, en colaboración con expertos del Museo Smithsoniano y la Universidad de Harvard en los Estados Unidos.

En el Cretácico, hace unos 105 millones de años, no existían ni hormigas, ni abejas ni mariposas con espiritrompa, y la mayoría de ecosistemas terrestres estaban dominados por plantas sin flores (gimnospermas). Estas plantas, que eran principalmente coníferas, entre las que destacan las cícadas, los ginkgos y las extintas benetitales, son en la actualidad generalmente polinizadas por el viento (polinización anemófila). Durante el Cretácico medio, se produce el proceso de transición hacia los paisajes terrestres actuales dominados por las angiospermas o plantas con flor, un nuevo linaje de plantas de crecimiento rápido y muy adaptable a todo tipo de ambientes.

El escarabajo que todavía polinizaba gimnospermas

Con una datación que supera los 100 millones de años de antigüedad, los restos de organismos preservados en el ámbar del Cretácico en el norte de España son una excelente ventana al pasado más remoto. Este ejemplar único de escarabajo ha sido encontrado en una pieza de ámbar en la localidad de Peñacerrada (Álava), junto a un total de 126 granos de polen, algunos de ellos todavía pegados a su cuerpo. Pertenece a la familia Oedemeridae, conocida en la actualidad por ser de perfil florícola, y alimentarse exclusivamente del polen y néctar de las flores de las angiospermas.

Esta especie descubierta abre una nueva frontera al estudio de la polinización en unos ecosistemas boscosos que llegaron a dominar los dinosaurios. «Inicialmente, se pensó que este grupo de escarabajos desempeñó ya una función polinizadora entre las primeras angiospermas que se desarrollaron durante el Cretácico, ya que en los mismos niveles del ámbar se encuentra polen y hojas de angiospermas. Sin embargo, el hecho de que los granos de polen asociados fuesen de una gimnosperma fue una gran sorpresa para todo el equipo investigador», destaca el profesor Xavier Delclòs, de la Facultad de Ciencias de la Tierra y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universidad de Barcelona.

El gran éxito evolutivo de las plantas con flores

Tal como apuntan los autores, los diversos ejemplos de insectos revisados en el estudio publicado en la revista Current Biology, que incluyen todas las especies fósiles mesozoicas con aparatos bucales relacionados con el hábito de la polinización, indican que todos exclusivamente polinizaban gimnospermas.

«Los fósiles encontrados en piezas de ámbar del norte peninsular son un registro único en el mundo. En este caso concreto se trata del único escarabajo fósil conocido que se ha encontrado fosilizado junto con granos de polen de la planta que polinizaba. Estos descubrimientos parecen corroborar que las plantas con flores pudieron hacerse valer de los insectos polinizadores de gimnospermas ya existentes, que junto a un crecimiento más rápido y un ciclo de vida más corto, confirió a las angiospermas una ventaja crucial hasta nuestros días», explica el investigador David Peris, miembro de la Universitat Jaume I de Castelló y doctorado en la Universidad de Barcelona con una tesis sobre paleobiología de coleópteros.

Todo apunta al hecho de que la coevolución entre plantas con flores e insectos polinizadores no se había producido todavía hace 105 millones de años. Además, algunos de los insectos que polinizaban las gimnospermas, —como los insectos tisanópteros y los escarabajos oedeméridos— se adaptaron posteriormente a polinizar angiospermas. Según los expertos, se trata de una adaptación oportunista, ya que las flores de las angiospermas empezaron a ofrecer mejores nutrientes y ser más eficaces atrayendo a los insectos con formas sugerentes, intensos olores y vivos colores.

El mejor registro fósil sobre polinización en todo el mundo

En la actualidad, existen unos treinta órdenes de insectos, y los principales agentes polinizadores de angiospermas son las abejas, las mariposas, las moscas, los escarabajos y los trips. Pero hace 105 millones de años las abejas y mariposas polinizadoras aun no existían, y los trips, los escarabajos y las moscas son ejemplos de insectos que se han encontrado nutriéndose de néctar y polinizando plantas gimnospermas, según el excelente registro fósil de las piezas de ámbar de España, que ha proporcionado los mejores ejemplos directos de polinización en el ámbito internacional.

De acuerdo con los resultados de la nueva investigación, los expertos proponen un modelo de cuatro patrones evolutivos de insectos polinizadores de gimnospermas del Cretácico, y su posterior extinción o evolución hasta nuestros días. En concreto, esos modelos corresponden a asociaciones de insectos polinizadores de gimnospermas que se extinguieron durante el Cretácico (por ejemplo, las moscas zhangsólvidas encontradas en el ámbar de El Soplao en Cantabria); agrupaciones que sobrevivieron y continuaron en gran parte hasta el presente (algunos insectos tisanópteros preservados en el ámbar de Álava); grupos que pasaron a polinizar angiospermas abandonando a las gimnospermas (escarabajos oedeméridos como el nuevo ejemplar con polen del ámbar de Álava) y, por último, asociaciones o grupos de insectos polinizadores que iniciaron posteriormente una coevolución con las angiospermas (el caso emblemático de las abejas, o las mariposas con espiritrompa).

Referencia bibliográfica
David Peris, Ricardo Pérez-de la Fuente, Enrique Peñalver, Xavier Delclòs, Eduardo Barrón, Conrad C. Labandeira. «False Blister Beetles and the Expansion of Gymnosperm–Insect Pollination Modes before Angiosperm Dominance».

Un estudio descarta que los carnívoros causaran la extinción de los neandertales

UBU/DICYT Un estudio internacional ha investigado la relación entre los carnívoros y los neandertales a partir de huesos de estos homínidos extinguidos con marcas de dientes en sus superficies. Los análisis se han desarrollado sobre fósiles humanos de España, Alemania, Bélgica y Grecia, los cuales presentaban surcos y señales dejadas por las muelas y caninos de los predadores, y parecen indicar que los carnívoros no causaron la extinción de los neandertales, una de las hipótesis que se barajaban sobre la desaparición de esta especie.

Los neandertales se extinguieron hace unos 40.000 años y muchos investigadores intentan desentrañar las causas de su desaparición. En este artículo, publicado en la prestigiosa revista norteamericana ‘International Journal of Osteoarchaeology’, ha participado un numeroso equipo de investigadores, entre ellos Carlos Díez, de la Universidad de Burgos, y Ruth Blasco, investigadora en Tafonomía del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, junto a colegas de Cambridge, Tübingen, Atenas o Barcelona.

Liderados por Edgard Camarós, del IPHES de Tarragona, consideran que, en la mayor parte de las ocasiones, los carnívoros accedieron a los cadáveres humanos como carroñeros y no fueron los causantes de la muerte de los neandertales.

Así, se dedicaron a dispersar y aprovechar la carne que quedaba sobre los cuerpos ya muertos. Es el caso de los individuos de Valdegoba en Huérmeces, entre otros. Sólo en algunas ocasiones, como en Cova Negra (Valencia), es probable que fueran grandes carnívoros como los leopardos los que mataran a un homínido allí recuperado.

El estudio no parece validar que los neandertales se extinguieran por ser continuamente cazados por los grandes carnívoros que vivían en esa época en Europa (osos y leones de las cavernas, hienas, lobos, leopardos, etc.). Al contrario, es muy probable que en la mayor parte de las ocasiones fueran los neandertales los que mataran o alejaran a los predadores, merced a su gran fuerza física y a su cooperación en la caza, formando bandas que se protegían juntos.

La hipótesis más probable de la desaparición de los neandertales parece ir de la mano de la demografía: grupos cada vez más pequeños en número y alejados unos de otros. Resta saber qué hizo que los grupos humanos de esa época, que apenas tenían enemigos, se hicieran cada vez menos numerosos: ¿un clima riguroso, otros humanos, la baja natalidad, la endogamia, el canibalismo? Será necesaria más investigación, pero sin duda, los investigadores y fósiles burgaleses serán claves para resolver este enigma.

Referencia bibliográfica:
Camarós, E., Cueto, M., Rosell, J., Díez, J. C., Blasco, R., Duhig, C., … & Villaverde, V. (2017). Hunted or scavenged Neanderthals? Taphonomic approach to hominin fossils with carnivore damage. International Journal of Osteoarchaeology.

Nuevas evidencias sobre la dieta de Homo antecessor de Atapuerca

Homo antecessor, una especie que habitó la Península Ibérica hace unos 800.000 años, habría tenido un patrón alimentario mecánicamente más exigente que el de otras especies de homininos de Europa y el continente africano. Este patrón único, que se caracterizaría por el consumo de alimentos duros y abrasivos, podría explicarse por las diferencias en el procesamiento de los alimentos en un entorno muy exigente con fluctuaciones en el clima y en los recursos alimentarios, según un estudio publicado por la revista Scientific Reports y coliderado por un equipo de la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) y la Universidad de Alicante.

En la nueva investigación, que revela por primera vez las evidencias sobre la dieta de estos homininos a partir del estudio de las trazas microscópicas que dejan los alimentos en el esmalte dental, han participado los investigadores del equipo de Alejandro Pérez-Pérez, formado por los doctores Ferran Estebaranz, Laura Martínez y Beatriz Pinilla (UB), Marina Lozano (IPHES), Alejandro Romero (Universidad de Alicante), Jordi Galbany (Universidad George Washington), y los codirectores del yacimiento de Atapuerca, José María Bermúdez de Castro (Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, CENIEH), Eudald Carbonell (IPHES) y Juan Luis Arsuaga (Universidad Complutense de Madrid).

Hasta la realización de esta investigación, la dieta de los homininos del Pleistoceno inferior europeo de Atapuerca (Burgos, España), uno de nuestros antepasados más remotos, se ha inferido a partir de los restos de animales encontrados en los mismos niveles en los que se hallaron los restos humanos: una gran variedad de mamíferos de gran tamaño e incluso tortugas. También se ha sugerido la presencia de indicios de canibalismo en algunos de estos fósiles.

Alimentos que dejan huella en el esmalte

El estudio se basa en el análisis del patrón de microestriación bucal de los fósiles de la Sima del Elefante y de la Gran Dolina del yacimiento de Atapuerca. Las microestrías examinadas son pequeñas marcas en la cara lateral externa de los dientes, cuya densidad y longitud dependen del tipo de alimentos masticados. «La utilidad de esta metodología se ha confirmado con el estudio de los patrones de microestriación de poblaciones actuales, tanto de cazadores-recolectores como agrícolas, la cual ha demostrado que distintos patrones alimentarios se correlacionan con patrones de microestriación específicos en la zona vestibular de la corona dental», explica el profesor Alejandro Pérez-Pérez, de la Sección de Zoología y Antropología Biológica del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la UB.

En el nuevo trabajo, los fósiles de Atapuerca se han comparado con muestras de otras poblaciones del Pleistoceno inferior: con fósiles de Homo ergaster de África, ancestro de todos los europeos y con una antigüedad de 1,8 millones de años; de Homo heidelbergensis, que aparece hace más de 500.000 años en Europa y perdura al menos hasta hace 200.000 años, y por último, con fósiles de Homo neanderthalensis de la Península Ibérica, que vivió hace entre 200.000 y  40.000 años.

Más densidad de estrías en H. antecessor

Los resultados del estudio muestran que los dientes de H. antecessor tienen más densidad de microestrías que el resto de especies analizadas. «Nuestros hallazgos no nos permiten decir exactamente qué alimentos ingerían, ya que el material abrasivo que provoca las marcas en los dientes puede tener distintos orígenes; pero sí nos permiten señalar que H. antecessor tendría una alimentación basada en gran medida en alimentos duros y abrasivos, como por ejemplo vegetales que contengan fitolitos (partículas de sílice producidas por los vegetales que son tan duras como el esmalte), tubérculos con restos de partículas de tierra, colágeno o tejido conectivo y hueso o carne cruda», explica el investigador.

Los investigadores sugieren que las diferencias en el patrón de microestriación entre los restos de la Gran Dolina y las muestras comparadas podrían reflejar variaciones culturales en la forma de procesar los alimentos. «La recolección y la caza es consistente con el patrón de desgaste dental altamente abrasivo que hemos encontrado, pero es muy difícil pensar que el alimento disponible en la zona de Atapuerca fuera muy diferente del disponible para otros homininos también cazadores-recolectores. Por tanto, serían las distintas maneras de procesar el alimento las que darían lugar a estas diferencias en los patrones de microestriación dental. Es decir, obtenían, procesaban y consumían el alimento de forma diferente», explica Alejandro Pérez-Pérez, que lidera un equipo que también ha aplicado esta metodología al estudio de la alimentación de los homininos del Pleistoceno del este de África, incluyendo también las especies Paranthropus boisei y Homo habilis.

Una industria lítica más primitiva

Este patrón de gran abrasividad de los dientes detectado en la Gran Dolina contrasta con lo que se ha observado en las especies comparadas en el estudio. «A diferencia de las del H. neanderthalensis, que tenía una industria lítica más avanzada (denominada Modo 3 o Musteriense), las herramientas que se han encontrado en el entorno de H. antecessor son primitivas (Modo 1). Estos materiales no facilitarían el procesamiento de los alimentos, como también sugieren las evidencias que indican que utilizaban los dientes para masticar los huesos. Además —continúa el investigador— la falta de evidencias de uso del fuego en Atapuerca apunta a que seguramente se lo comían todo crudo —tanto alimentos vegetales como carne, tendones o pieles—, lo que causaba un mayor desgaste dental».

Para los investigadores, una dieta con un elevado consumo de carne podría tener implicaciones evolutivas. «La carne en la dieta podría haber contribuido a ganar la energía necesaria para sostener un cerebro grande como el de H. antecessor, con un volumen cerebral de aproximadamente 1.000 centímetros cúbicos en comparación con los 764 de H. ergaster; pero también representaría una fuente de alimento importante en un ambiente altamente exigente donde los alimentos preferidos, como frutas maduras y vegetales tiernos, fluctuarían estacionalmente», concluye el investigador.

La investigación realizada contribuye significativamente a mejorar el conocimiento de las adaptaciones alimentarias de nuestros ancestros y evidencia la importancia de los factores ecológicos y culturales que han condicionado nuestra evolución biológica.

Un estudio revela la dieta vegetal del primer europeo

El análisis de los cálculos dentales obtenidos de los dientes de la mandíbula de un individuo hallado en el yacimiento de la Sima del Elefante de Atapuerca (Burgos), de más de 1.2 millones de años de antigüedad, ha protagonizado un estudio sobre dieta vegetal publicado recientemente en la revista The Science of Nature, en el que han participado los investigadores del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) Ruth Blasco y José Maria Bermúdez de Castro.

Dicho estudio, liderado por Karen Hardy, de la Universitat Autónoma de Barcelona-ICREA, revela restos de ciertas gramíneas y polen de coníferas atrapados en los cálculos dentales (sarro) que se encontraban alojados en dicha mandíbula, denominada ATE9-1, lo que indica un componente vegetal importante en la dieta de las primeras poblaciones humanas europeas.

Como explica Ruth Blasco, se extrajeron y analizaron microscópicamente dos muestras de 0,5 y 0,8 microgramos de uno de los premolares, que se sometieron a un proceso químico de espectrometría y cromatografía para identificar los microrestos vegetales y otros microorganismos contenidos en la placa.

Los restos de alimentos identificados en ATE9-1 no sólo apuntaban a un componente vegetal en la dieta de estos homínidos sino también a que el ambiente de hace 1.2 millones de años era más cálido que el actual y permitía el desarrollo de bosques húmedos y grandes praderas.

“Cabe destacar el hecho de que ninguno de los microrestos parece haber sido procesado térmicamente, lo que concuerda con las evidencias de ausencia de fuego en Eurasia previas a los 780.000 años”, añade Ruth Blasco.

Higiene dental

Además de los restos de gramíneas y polen, también se localizaron fragmentos microscópicos de madera que podrían corresponder al uso de palillos para eliminar los restos de alimentos que quedarían atrapados en los espacios interdentales. “De hecho, la mandíbula ATE9-1 presenta un surco de desgaste en uno de sus premolares que podría relacionarse con estos hábitos”, explica José María Bermúdez de Castro.

En la Prehistoria más antigua la higiene dental era algo inexistente, y por suerte para los investigadores, algunos componentes específicos en la dieta permanecen atrapados en las acumulaciones endurecidas de placa bacteriana como auténticas cápsulas del tiempo, “permitiéndonos obtener información sobre la dieta de los individuos afectados”, señala Ruth Blasco.

Descubierto un fragmento de cráneo humano de 400.000 años en la Cueva Fantasma de Atapuerca

Este homínido podría pertenecer a una población antecesora de los neandertales

F. Atapuerca/IPHES/DICYT Uno de los resultados más importantes de la campaña de 2016 en la sierra de Atapuerca ha sido la limpieza y puesta a punto del nuevo yacimiento de la Cueva Fantasma. Puesto que el objetivo del Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA) es comenzar la excavación del relleno de esta cueva en 2017, se decidió tomar varias muestras que permitieran estimar la edad aproximada de los sedimentos de los niveles superiores. Analizando ya este material, el arqueólogo Josep Vallverdú (IPHES-EIA) detectó la presencia de un resto óseo que podía pertenecer a un homínido. Varios especialistas han confirmado que se trata de un gran fragmento de parietal humano del lado derecho.

Cráneo humano de 400.000 años de antigüedad

A juzgar por el contexto arqueológico y paleontológico asociado, podemos atribuir este resto humano al Pleistoceno Medio. Queda pendiente la datación del nivel por métodos geocronológicos, pero los restos de microfauna y la industria asociada sugieren que estamos en presencia de homínidos similares a los hallados en la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca. Es decir, este homínido podría pertenecer a una población antecesora de los Neandertales, de hace sobre 400.000 años.

Este hallazgo confirma la enorme riqueza arqueo-paleontológica de los yacimientos de la sierra de Atapuerca y supone un espaldarazo para el Programa de Investigación que se inició hace 38 años en este conjunto, Patrimonio de la Humanidad.


Fuente: DICYT
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