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La ISS cruza frente a la Luna

Aprovechando la Luna llena, la órbita relativa de la Estación Espacial Internacional (ISS) y el precioso cielo nocturno en la sede de la ESA en la península ibérica, esta imagen compuesta muestra claramente algunos de los principales elementos de la estación. La imagen está formada por 13 fotogramas superpuestos, tomados a las 02:01:14 CEST. El fenómeno tuvo lugar con una rapidez extrema: la ISS solo tardó 0,56 segundos en atravesar el disco lunar. Por este motivo, fue necesario prepararse a conciencia para registrar el acontecimiento.

La estación pasa por delante de la Luna con cierta frecuencia, pero que dicho tránsito sea visible desde un lugar concreto de la Tierra no es algo tan común: el observador, la ISS y la Luna deben estar perfectamente alineados. La geometría es tan peculiar que la franja terrestre desde la que se puede contemplar el evento apenas tiene unos cientos de metros de ancho. Por eso es necesario planificar con cuidado la observación. Teniendo todo esto en cuenta, y considerando que la ISS vuela a unos 27.000 km/h, el tránsito se produce en un abrir y cerrar de ojos.

La ISS, que tiene aproximadamente el tamaño de un campo de fútbol, es el mayor objeto en órbita fabricado por el hombre. Aun así, debido a su distancia orbital de unos 400 km, se ve minúscula a través de los telescopios. Dependiendo de la altitud orbital de la ISS y de la elevación de la Luna sobre el horizonte, nuestro satélite natural puede verse al menos 30 o 40 veces más grande que la estación.

Michel Breitfellner, Manuel Castillo, Abel de Burgos y Miguel Pérez Ayúcar, fueron los observadores que registraron el evento.

El grupo de intrépidos observadores que registró el evento, formado por Michel Breitfellner, Manuel Castillo, Abel de Burgos y Miguel Pérez Ayúcar, se enfrentó a unas temperaturas glaciales para instalar dos telescopios con cámaras réflex Canon en ESAC, el Centro de Astronomía Espacial de la ESA, ubicado cerca de Madrid. Al encontrarse en la sombra de la Tierra, la ISS no puede apreciarse antes del tránsito, por lo que la observación se llevó a cabo a ciegas, empleando como referencia para registrar el evento la hora prevista del tránsito. Por suerte, la mecánica orbital funcionó a la perfección y la ISS se pudo fotografiar exactamente según lo previsto.

Nuevas observaciones demuestran que las galaxias antiguas siguen creando estrellas

El proyecto CALIFA ha permitido detectar, en tres galaxias elípticas, unos brazos muy tenues donde se están formando estrellas. Los datos, obtenidos con el telescopio de 3,5 metros del Observatorio de Calar Alto, contradicen la creencia generalizada de que en las galaxias viejas no nacen estrellas.

Las galaxias elípticas se caracterizan por su forma esferoidal, carente de rasgos destacables, y por un color rojizo que procede de una población estelar muy envejecida. Se trata de galaxias muy masivas donde la formación de estrellas se detuvo hace miles de millones de años. Sin embargo, un equipo internacional de astrónomos ha hallado, en tres galaxias elípticas del universo cercano, una estructura muy tenue similar a los brazos de las galaxias espirales que alberga estrellas en formación.

“Según nuestra visión actual, los diseños en forma de grandes espirales se asocian con las galaxias con forma de disco, como la Vía Láctea o M101. Estas son, generalmente, regiones donde la formación estelar se dispara. De ahí que nos sorprendiera descubrir rasgos similares en galaxias elípticas donde, en principio, no se forman estrellas”, apunta Jean Michel Gomes, investigador del Instituto de Astrofísica y Ciencias del Espacio (IA) de Oporto (Portugal) que encabeza el estudio.

Composición de las tres galaxias elípticas estudiadas, con la estructura en forma de brazos espirales delineada en contornos. Fuente: sondeos SDSS y CALIFA.

El hallazgo de estos brazos espirales, extremadamente tenues, ha sido posible gracias a CALIFA, un proyecto desarrollado en el Observatorio de Calar Alto que emplea la técnica conocida como espectroscopía 3D, que permite cartografiar galaxias enteras y generar mapas de sus distintas propiedades, como la edad de sus estrellas, su velocidad o su composición química. Los datos de CALIFA han sido combinados con las imágenes del sondeo SDSS.

“Nunca hubiéramos podido detectar rasgos tan débiles sin CALIFA -señala José Manuel Vílchez, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) que participa en el trabajo-. Con las técnicas tradicionales estructuras así quedaban diluidas por la luz de fondo de las estrellas, pero la sensibilidad espectral de CALIFA ha abierto un nuevo escenario en el estudio de las galaxias elípticas”.

Comparación entre una galaxia espiral y una elíptica (la relación de tamaños no corresponde a la realidad). A la izquierda, M101, una galaxia de disco con una estructura de brazos espirales que alberga brotes de formación estelar. La imagen, tomada por César Blanco con el telescopio de 1,23 del Observatorio de Calar Alto, fue la ganadora del concurso de astrofotografía de 2016. A la derecha, imagen de ESO 325-G004, una galaxia elíptica gigante que no muestra rasgos definidos. Fuente: NASA, ESA, The Hubble Heritage Team, J. Blakeslee.

Estas estructuras espirales, donde se están formando estrellas masivas, constituyen una prueba de que las galaxias elípticas, en apariencia mortecinas, aún mantienen un leve crecimiento en sus regiones externas. Sin embargo, aún se desconoce si estos brotes de formación estelar son sus últimos vestigios de actividad o si se trata más bien de un rejuvenecimiento debido a la interacción con galaxias menores.

La búsqueda y el estudio de este tipo de estructuras resulta fundamental para comprender la historia de las galaxias elípticas que, se cree, se forman mediante procesos de fusión de galaxias y contienen en torno a la mitad de las estrellas que el universo ha producido a lo largo de su historia.

Referencia:
J. M. Gomes et al. “Spiral-like star-forming patterns in CALIFA early-type galaxies”. Astronomy & Astrophysics, 585, A92 (2016) DOI: http://dx.doi.org/10.1051/0004-6361/201525974

Viaje al pasado en busca de un asteroide

Gracias a un trabajo de investigación detectivesco, culminado por el estudio de unas imágenes con más una década de antigüedad, el equipo de investigación de asteroides de la ESA ha llegado a la conclusión de que una roca espacial recién descubierta no presenta riesgo de colisionar próximamente con la Tierra.

Cuando se observa por primera vez un asteroide, siempre se plantea la gran cuestión: ¿hay riesgo de que impacte con la Tierra?

Pero, tras su descubrimiento, los analistas normalmente no tienen por dónde seguir. La imagen inicial, tomada desde un observatorio, por un equipo de investigación o por algún astrónomo aficionado desde su casa, suele limitarse a lo básico: ubicación en el firmamento y brillo. Y, en ocasiones, ni siquiera estos datos son demasiado precisos.

Lo fundamental para establecer con cierta fiabilidad si se trata de un objeto cercano a la Tierra (NEO) —y si podría llegar a alcanzarla o no— es su trayectoria. Y para determinarla se necesita una serie de imágenes adquiridas a lo largo de varios días o incluso meses.

“Para poder calcular la trayectoria y el nivel de riesgo necesitamos una secuencia de varias imágenes; y, con todo, el grado de incertidumbre puede ser enorme. En realidad harían falta meses de observaciones para obtener un cálculo de riesgo de impacto correcto y fiable. Entre tanto, habría motivo para estar preocupados”, señala Ettore Perozzi, del Centro de Coordinación de Objetos Cercanos a la Tierra, ubicado en la sede italiana de la ESA.

Y eso es precisamente lo que sucedió el pasado 19 de octubre, cuando el equipo Catalina Sky Survey descubrió el asteroide 2016 WJ1.

Asteroide 2016 WJ1

Observadores de todo el mundo también capturaron imágenes del asteroide durante las siguientes semanas, incluido un equipo de la ESA desde el observatorio español de Tenerife, pero la incertidumbre sobre su trayectoria no permitía descartar un posible acercamiento en junio de 2065, con una preocupante probabilidad de impacto de 1 entre 8.000.

“Gracias a las imágenes adicionales, pudimos restringir la trayectoria lo suficiente como para empezar a bucear en los archivos astronómicos para ver si alguien había fotografiado anteriormente el asteroide sin haberlo reconocido”, recuerda Marco Micheli, observador del mismo centro.

De encontrar alguna imagen, el equipo podría reconocer su “predescubrimiento”.

La investigación pronto dio frutos: las imágenes tomadas a principios de octubre por el telescopio Pan-STARRS y publicadas online mostraban que podría tratarse de ese mismo asteroide.

Sin considerarlas concluyentes, el equipo asumió que sí eran precisas y decidió usarlas para localizar imágenes adicionales de alta precisión en un sistema de búsqueda de imágenes astronómicas canadiense.

¡Bingo! El equipo dio con dos conjuntos de imágenes de los días 4 y 5 de julio de 2003 tomadas por el Observatorio Canadá–Francia–Hawái (CFHT).

Como relata Detlef Koschny, responsable de objetos cercanos a la Tierra del programa de la ESA para el Conocimiento del Medio Espacial (SSA): “Tras una cuidadosa inspección conseguimos aislar el objeto, y el equipo pudo llevar a cabo cálculos de gran exactitud”.

“Así, logramos excluir todo riesgo de impacto en la Tierra por parte del asteroide 2016 WJ1, tanto en el futuro próximo como en el más lejano”.

La ESA ahora está desarrollando un nuevo conjunto de telescopios de tipo ‘ojo de mosca’, panorámicos y automatizados, que realizarán barridos nocturnos del firmamento para crear en el futuro un completo archivo de imágenes que permitirán confirmar los predescubrimientos con mayor rapidez.

Descubren una de las galaxias lejanas más brillantes conocidas hasta la fecha

Su hallazgo, a 11.400 millones de años luz, fue posible gracias al aumento de su brillo aparente producido por una galaxia ubicada entre ella y la Tierra que actúa como lente gravitacional a modo de zoom.

Un equipo internacional liderado por investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y de la Universidad de La Laguna (ULL) ha descubierto una de las galaxias no activas más brillantes y luminosas conocidas hasta la fecha en el universo joven. El hallazgo de BG1429+1202 ha sido posible gracias a la “ayuda” de una galaxia elíptica masiva en la línea de visión a ese objeto, que actúa a modo de lente aumentando el brillo y distorsionando la imagen observada. Los resultados, publicados en Astrophysical Journal Letters, se enmarcan en el proyecto BELLS GALLERY, basado en el análisis de millón y medio de espectros de galaxias del Sloan Digital Sky Survey (SDSS).

En el fenómeno de lente gravitatoria, predicho por la teoría de la Relatividad General de Einstein, la luz se desvía cuando pasa cerca de un objeto muy masivo. Para un observador distante, la masa de la galaxia elíptica actúa sobre la luz como una lente gigante. Resulta así una imagen mucho más brillante de la fuente, BG1429+1202, lo que permite ver detalles que de otra manera serían demasiado débiles para ser detectados.

“Este es uno de los pocos casos conocidos de galaxias –destaca Rui Marques Chaves, estudiante de doctorado del IAC-ULL y primer autor del artículo- con un brillo aparente muy alto y con  una luminosidad intrínseca también muy alta. Las observaciones nos permitieron determinar sus propiedades principales en poco tiempo”. Para estudiar este sistema de lente gravitatoria utilizaron dos telescopios del Observatorio del Roque de los Muchachos (Garafía, La Palma): el Gran Telescopio CANARIAS (GTC) y el Telescopio William Herschel (WHT), este último del Grupo de Telescopios Isaac Newton (ING). El mismo está formado por una galaxia elíptica masiva a una distancia de 5.400 millones de años luz y una galaxia detrás de ella, BG1429+1202, emisora en la línea Lyman alfa a 11.400 millones de años luz (cuando la edad del Universo era aproximadamente 2.300 millones de años. La galaxia lente produce cuatro imágenes diferentes de la galaxia lejana, con un flujo luminoso total nueve veces superior al que tendría esta última si no hubiera ninguna lente natural en la línea de visión.

Alta luminosidad en el ultravioleta

Lo excepcional de BG1429+1202 es su muy alta luminosidad en la línea de emisión de Lyman alfa, una de las más brillantes en el rango ultravioleta, ya que otros casos similares conocidos de lentes cósmicas no muestran una emisión tan intensa. Aunque el efecto de lente gravitatoria se ha usado en muchos proyectos, el método de selección de galaxias Lyman alfa lejanas, amplificadas por galaxias lente, ha sido utilizado por primera vez en el proyecto BELLS GALLERY. “Analizamos del orden de un millón y medio de espectros de galaxias”, añade Yiping Shu, astrónomo del National Astronomical Observatories (NAOC), en Pekín (China), y primer  autor de publicaciones previas del citado proyecto. “Fueron obtenidos con el telescopio Sloan del Observatorio Apache Point, en Nuevo México (EEUU), y detectamos emisión en la línea de Lyman alfa proveniente de galaxias a distancias mucho mayores que las lentes en 187 casos, de los cuales hemos observado 21 con el telescopio espacial Hubble. Estas observaciones de alta resolución angular confirman que la mayoría de estos objetos son lentes”.

El aumento del brillo aparente –el observado en el cielo visto desde la Tierra- de galaxias lejanas que se produce por las lentes gravitatorias permite obtener datos de mejor calidad. “Con telescopios como el WHT y el GTC -explica Ismael Pérez Fournon, investigador del IAC-ULL y coordinador de este trabajo- podemos realizar estudios que sin la presencia de las lentes serían imposibles. En la práctica, es como si en vez de observar con un telescopio de 10 m como el GTC, estuviéramos observando ya con uno de los futuros telescopios gigantes, como el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT) de 39 m o el Telescopio de Treinta Metros (TMT)”. “BG1429+1202 es tan brillante que se detecta incluso en las imágenes fotográficas del Digital Sky Survey”, añade Paloma Martínez Navajas, investigadora del IAC-ULL y otra de las autoras del estudio.

A pesar de los abundantes estudios anteriores de lentes gravitatorias basados en imágenes y espectros del proyecto Sloan Digital Sky Survey, BG1429+1202 había pasado desapercibia hasta este trabajo. “Hallazgos como BG1429 + 1202 demuestran que grandes compilaciones de datos astronómicos de cartografiados como el anterior pueden tener nuevas aplicaciones astrofísicas. En el National Optical Astronomy Observatory (NOAO), en Tucson, Arizona (EE.UU) estamos implementando herramientas de acceso abierto para apoyar este tipo de investigaciones utilizando observaciones públicas de la Dark Energy Camera y otros instrumentos, además de próximos datos de proyectos como el Dark Energy Spectroscopic Instrument (DESI) “, concluye Adam Bolton, subdirector dela NOAO y autor de este artículo.

Artículo: “Discovery of a very bright and intrinsically very luminous, strongly lensed Lyα emitting galaxy at z = 2.82 in the BOSS Emission-Line Lens Survey”, por Rui Marques-Chaves (IAC-ULL), Ismael Pérez-Fournon (IAC-ULL), Yiping Shu (NAOC), Paloma I. Martínez-Navajas (IAC-ULL), Adam S. Bolton (NOAO y Univ. Utah), Christopher S. Kochanek (Ohio State Univ.), Masamune Oguri (Univ. Tokyo),  Zheng Zheng (Univ. Utah), Shude Mao (Tsinghua Univ., NAOC y Univ. Manchester), Antonio D. Montero-Dorta (Univ. Utah), Matthew A. Cornachione (Univ. Utah), and Joel R. Brownstein (Univ. Utah) , 2017, ApJL, 834, L18.

CHEOPS, un esfuerzo internacional para buscar exoplanetas

La búsqueda de planetas extrasolares es uno de los campos de la astronomía que más ha crecido en los últimos años, especialmente orientada hacia el descubrimiento de planetas que se parezcan a la Tierra y que reúnan las condiciones necesarias para albergar vida. Las observaciones se realizan tanto desde observatorios terrestres como desde satélites lanzados al espacio, pero siempre se encuentran con los mismos problemas; esos exoplanetas están muy lejos y resulta complicado detectar los que tienen un tamaño más similar al terrestre.

Aquí entrará en juego CHEOPS, misión en colaboración entre la ESA y Suiza, cuyo objetivo es, precisamente, estudiar esos planetas extrasolares de menores dimensiones, los que se sitúan entre el radio de la Tierra y el de Neptuno. Su lanzamiento está previsto para 2018 y es una misión en la que también tienen importantes contribuciones países miembros de la agencia como España y Portugal.

¿Qué es CHEOPS?

“CHEOPS es una misión que medirá con precisión el radio de exoplanetas pequeños (del tamaño de Neptuno y menores) que orbitan estrellas brillantes en nuestro vecindario local”, explica  Kate Isaak, científica de proyecto de CHEOPS. Para ello, utilizará una técnica llamada fotometría de tránsito: “CHEOPS monitorizará la luz óptica e infrarroja de estrellas individuales y medirá con precisión el descenso en la señal durante el tránsito de un planeta, al atravesar por delante de la estrella, utilizando un fotómetro de ultra alta precisión”.

Según lo pronunciado que sea ese descenso en la luminosidad de la estrella, los científicos pueden calcular el radio del exoplaneta, y combinando ese dato con los cálculos de su masa (realizados desde observatorios en tierra), se puede obtener la densidad del planeta, su composición y, a partir de ahí, hasta es posible averiguar algunas cosas de su formación. Si se une esa primera imagen del objeto con el tipo de su estrella y la distancia a la que se encuentre de ella, ya se puede aventurar si en él podrían darse las condiciones para la aparición de formas de vida.

CHEOPS pretende dar una información más detallada de esos exoplanetas de lo que se podía conseguir hasta ahora y, para ello, se ha diseñado como una misión de seguimiento; es decir, complementará las observaciones hechas por misiones de rastreo del cielo, como CoRoT y Kepler, empleando sus descubrimientos de nuevos planetas para hacer un estudio más a fondo. “CHEOPS es una misión de seguimiento, la primera de su tipo, que hará observaciones fijadas de estrellas individuales de las que ya se sabe que albergan exoplanetas de pequeñas dimensiones”, apunta Kate Isaak, que añade que “sabremos cuándo y dónde apuntar el satélite para cazar al exoplaneta en su tránsito de la estrella, lo que hace que la misión sea muy eficiente para recolectar radios precisos, es ‘apuntar y disparar’”.

El diseño del satélite, por lo tanto, se ha hecho siguiendo la funcionalidad que va a tener: “Puede apuntar a cualquier lugar en una zona muy amplia del cielo, abriendo el potencial para observar varios objetivos. Las medidas son difíciles, pues nos centraremos en las estrellas más brillantes de nuestro vecindario para poder alcanzar la precisión de medida que necesitamos, y así las medidas de masa desde la superficie son también posibles”.

El calendario de CHEOPS

Para ver al satélite en acción habrá que esperar todavía hasta finales de 2018,  que es un tiempo bastante corto en los términos habituales de desarrollo de misiones espaciales. Isaak señala que “la misión es pequeña en tamaño y costes, con un tiempo de desarrollo que es mucho más corto que en otras misiones científicas de la ESA: seis años desde el principio (selección de propuestas) hasta que esté lista para el lanzamiento”.

Por comparación, ese tiempo de desarrollo puede extenderse durante décadas, como ocurre con PLATO, también dedicada al descubrimiento de exoplanetas y que fue propuesta inicialmente a la ESA en 2007. Su fecha de lanzamiento inicial es 2024.  La rapidez con la que CHEOPS se ha puesto en marcha conlleva sus propios desafíos, que Isaak resume afirmando que “el calendario hace que CHEOPS sea, al mismo tiempo, muy excitante y complicada: el lanzamiento está previsto para finales de 2018, por lo que los científicos tendrán datos en apenas dos años, pero esto quiere decir que el calendario está muy ajustado y que haya trabajo qué hacer para completar la construcción y las pruebas de la plataforma y el instrumento, así como en los centros que controlarán el satélite y procesarán sus datos cuando esté en órbita”.

Aquí entra en juego la decisiva contribución industrial tanto de España como de Portugal.

La Península Ibérica en CHEOPS

Al ser una misión de la ESA, varios estados miembros participan en su desarrollo y aportan diferentes aspectos necesarios para su funcionamiento. La empresa Airbus Defense & Space España, por ejemplo, es la contratista de la nave y realizará sus operaciones durante las primeras fases de la misión, mientras GMV se encarga de diseñar el Centro de Operaciones de la Misión, que se dirigirán desde una instalación del INTA en Torrejón de Ardoz (Madrid). 

En el lado científico también habrá una importante contribución de ambos países. Científicos de Oporto están colaborando con el Centro de Operaciones Científicas de CHEOPS, con base en Ginebra, para desarrollar herramientas que procesen los datos necesarios para calcular los radios de los exoplanetas, mientras la empresa DEIMOS Engenharia, en Lisboa, está trabajando en la planificación y organización de las observaciones y operaciones de la misión, y en el desarrollo del archivo científico.

Hasta una misión relativamente más pequeña como CHEOPS necesita de la colaboración de diferentes países tanto en su construcción como en el apartado científico, donde hay involucrado personal no sólo de España y Portugal, sino también de Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Suecia, el Reino Unido y Suiza. Y son las contribuciones de todo ese personal lo que Kate Isaak destaca como uno de los aspectos más importantes de CHEOPS: “Una misión espacial como CHEOPS está formada por muchos elementos diferentes, incluyendo el lanzador, la plataforma, el instrumento y los centros de operaciones científicas y de misión. Todos están unidos íntima e intrínsecamente y el éxito científico de la misión depende de que todo funcione como está diseñado. Puedo decir que la gente, los equipos de ingenieros y científicos, son la clave para el éxito de una misión, y CHEOPS no es ninguna excepción”.

Galileo, una nueva herramienta al servicio de la ciencia

Los servicios iniciales de Galileo, que comenzaron a mediados del mes pasado, suponen un gran paso adelante no solo para los usuarios de todo el mundo, sino también para la comunidad científica. Gracias a esta constelación de satélites, ahora contamos con un referente gratuito y de gran precisión para estudiar la Tierra y todo lo que en ella sucede, además de las propias leyes de la física.

El sistema de navegación por satélite Galileo, operativo desde el 15 de diciembre, ofrece servicios de posicionamiento, navegación y determinación de la hora a cualquier persona equipada con un receptor. La disponibilidad del servicio se basa en la visibilidad en el cielo local de un mínimo de cuatro satélites, ajustados para ir mejorando a medida que su número pase de los actuales 18 hasta los 24 previstos, además de los satélites de reserva orbital.

En general, la navegación por satélite se ha convertido en una herramienta esencial para los científicos, que, por ejemplo, utilizan los receptores para monitorizar el lento desplazamiento de las zonas tectónicas, controlar el movimiento del hielo polar o sondear la ionosfera y otras capas de la atmósfera.

Este tipo de navegación también permite llevar a cabo otras actividades, como el seguimiento de animales o la vigilancia mediante drones; además, su precisión temporal, de hasta mil millonésimas de segundo, permite realizar todo tipo de mediciones y experimentos de física fundamental con gran exactitud.

Como explica Javier Ventura-Traveset, director de la nueva Oficina de Ciencia de Galileo de la ESA: “La continuidad y la disponibilidad mejorada de Galileo permiten disfrutar de una nueva fuente de datos de posicionamiento y determinación de la hora con fines científicos; datos que podrán utilizarse aislados o en combinación con los de otras constelaciones de satélites artificiales”.

“Galileo también aporta ventajas concretas para las actividades científicas, como los relojes atómicos de máser pasivo de hidrógeno en cada satélite, mucho más precisos que cualquier reloj empleado anteriormente con fines de navegación; por no hablar de las múltiples frecuencias de transmisión con una modulación robusta y un ancho de banda amplio, órbitas estables que evitarán las resonancias de rotación de la Tierra, una calibración absoluta de las antenas satelitales y retrorreflectores láser embarcados que permitirán caracterizar las órbitas de los satélites con precisión centimétrica”.

Además, Galileo apuesta por la máxima transparencia en su servicio a la ciencia: el Centro de Servicio del Sistema Global de Navegación por Satélite Europeo publicó a mediados de diciembre los ‘metadatos’ operacionales asociados a los cuatro primeros satélites de Galileo, conocidos como satélites de validación en órbita.

Oficina de Ciencia de Galileo en la ESA

Para comenzar a ofrecer los datos de Galileo a los científicos, la Dirección del Programa Galileo y de las Actividades de Navegación de la ESA se ha unido a la Dirección Científica de la agencia para establecer la Oficina de Ciencia de Galileo en el centro que la ESA tiene cerca de Madrid, España.

“El principal objetivo de esta oficina es promover la consolidación de una comunidad científica de referencia mundial alrededor del Sistema Global de Navegación por Satélite (GNSS), para maximizar las posibilidades de llevar a cabo actividades científicas relacionadas con él y el uso de las infraestructuras y datos GNSS europeos.

“La oficina también se encargará de garantizar que las opiniones de la comunidad científica lleguen a los equipos de GNSS, especialmente en lo relativo a la evolución y adaptación previstas de la infraestructura de GNSS”.

La aplicación científica de Galileo comenzó pronto, con dos satélites en órbitas alargadas que ahora se están utilizando para medir con mayor precisión la influencia de los cambios gravitacionales en el paso del tiempo: el efecto de corrimiento al rojo gravitacional que predijera por primera vez Albert Einstein.

Un estudio revela la dieta vegetal del primer europeo

El análisis de los cálculos dentales obtenidos de los dientes de la mandíbula de un individuo hallado en el yacimiento de la Sima del Elefante de Atapuerca (Burgos), de más de 1.2 millones de años de antigüedad, ha protagonizado un estudio sobre dieta vegetal publicado recientemente en la revista The Science of Nature, en el que han participado los investigadores del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) Ruth Blasco y José Maria Bermúdez de Castro.

Dicho estudio, liderado por Karen Hardy, de la Universitat Autónoma de Barcelona-ICREA, revela restos de ciertas gramíneas y polen de coníferas atrapados en los cálculos dentales (sarro) que se encontraban alojados en dicha mandíbula, denominada ATE9-1, lo que indica un componente vegetal importante en la dieta de las primeras poblaciones humanas europeas.

Como explica Ruth Blasco, se extrajeron y analizaron microscópicamente dos muestras de 0,5 y 0,8 microgramos de uno de los premolares, que se sometieron a un proceso químico de espectrometría y cromatografía para identificar los microrestos vegetales y otros microorganismos contenidos en la placa.

Los restos de alimentos identificados en ATE9-1 no sólo apuntaban a un componente vegetal en la dieta de estos homínidos sino también a que el ambiente de hace 1.2 millones de años era más cálido que el actual y permitía el desarrollo de bosques húmedos y grandes praderas.

“Cabe destacar el hecho de que ninguno de los microrestos parece haber sido procesado térmicamente, lo que concuerda con las evidencias de ausencia de fuego en Eurasia previas a los 780.000 años”, añade Ruth Blasco.

Higiene dental

Además de los restos de gramíneas y polen, también se localizaron fragmentos microscópicos de madera que podrían corresponder al uso de palillos para eliminar los restos de alimentos que quedarían atrapados en los espacios interdentales. “De hecho, la mandíbula ATE9-1 presenta un surco de desgaste en uno de sus premolares que podría relacionarse con estos hábitos”, explica José María Bermúdez de Castro.

En la Prehistoria más antigua la higiene dental era algo inexistente, y por suerte para los investigadores, algunos componentes específicos en la dieta permanecen atrapados en las acumulaciones endurecidas de placa bacteriana como auténticas cápsulas del tiempo, “permitiéndonos obtener información sobre la dieta de los individuos afectados”, señala Ruth Blasco.

Astrónomos consiguen medir el tamaño de las semillas planetarias

Los astrónomos creen que los planetas se forman al aglomerarse partículas de polvo y gas, pero desconocen los pormenores del proceso

OBSERVATORIO ALMA/DICYT Un equipo de investigadores usó el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA) para realizar por primera vez una medición precisa de las diminutas partículas de polvo que rodean una joven estrella a partir de la polarización de las ondas de radio. Este importante hito en el estudio de la formación planetaria alrededor de estrellas jóvenes fue posible gracias a la gran sensibilidad de ALMA, que permite detectar ondas de radio polarizadas.

Los astrónomos creen que los planetas se forman al aglomerarse partículas de polvo y gas, pero desconocen los pormenores del proceso. Uno de los principales enigmas es cómo unas partículas de polvo de apenas un micrómetro se unen para formar planetas rocosos de 10.000 kilómetros. La dificultad para medir el tamaño de las partículas ha impedido a los astrónomos hacer un seguimiento del crecimiento del polvo.

Akimasa Kataoka, investigador becado por la Fundación Humboldt que se desempeña en la Universidad de Heidelberg y el Observatorio Astronómico Nacional de Japón (NAOJ), asumió este desafío. Junto con sus colaboradores, el investigador había predicho que, alrededor de las estrellas jóvenes, las ondas de radio emitidas por las partículas de polvo tienen características de polarización únicas. El equipo también señaló que la intensidad de las emisiones polarizadas permite calcular el tamaño de las partículas de polvo mejor que otros métodos.

Para poner a prueba su teoría, el equipo encabezado por Kataoka observó la joven estrella HD 142527 con ALMA y descubrió, por primera vez, el patrón de polarización único del disco de polvo que la rodea. Tal como habían predicho, la polarización presenta una dirección radial en gran parte del disco, pero en los bordes esta se vuelve perpendicular a la dirección radial.

Al comparar la intensidad medida de las emisiones polarizadas con las predicciones teóricas, los investigadores determinaron que las partículas de polvo tienen como máximo 150 micrómetros. Esta es la primera vez que se calcula el tamaño del polvo a partir de la polarización. Para sorpresa de los investigadores, el tamaño calculado es más de 10 veces más pequeño de lo que se había predicho.

“En los estudios anteriores, los astrónomos habían calculado el tamaño a partir de las emisiones de radio suponiendo que las partículas de polvo son esféricas””, explica Kataoka. “En nuestro estudio, observamos las ondas de radio dispersas a través de la polarización, que proporciona información independiente a la de la emisión térmica del polvo. Esta diferencia tan grande en el tamaño de las partículas de polvo significa que los cálculos anteriores pueden ser erróneos”.

Para resolver esta contradicción, el equipo consideró la existencia de partículas de polvo esponjosas y de formas complejas, en vez de limitarse a partículas esféricas. A nivel macroscópico estas partículas son grandes, pero a nivel microscópico, cada diminuta sección de una partícula de polvo emite ondas de radio y genera una polarización de características únicas. En este estudio, los astrónomos determinaron estas características “microscópicas” mediante observaciones de polarización. Esto podría motivar a los astrónomos a reinterpretar datos de observaciones anteriores.

“La fracción de polarización de las ondas de radio del disco de polvo alrededor de HD 142527 corresponde apenas a un pequeño porcentaje. Gracias a la alta sensibilidad de ALMA, pudimos detectar estas señales tan débiles para obtener información sobre el tamaño y la forma de las partículas de polvo”, explica Kataoka.

“Este es el primer paso en la investigación sobre la evolución del polvo con polarimetría, y creo que el futuro nos deparará grandes hallazgos”.

30 años del primer campamento español en la Antártida

Cuatro investigadores del CSIC fueron los primeros en asentarse en la isla Livingston

CSIC/DICYT Se cumplen 30 años del primer campamento español en la Antártida. Los orígenes de la actividad científica de España en el continente helado se remontan al 27 de diciembre de 1986, día en que los investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Antoni Ballester, Josefina Castellví, Joan Rovira y Agustí Julià (fallecido en 2009) instalaron su tienda de campaña en la isla Livingston con el objetivo de estudiar un posible emplazamiento para una base española.

Dos años después, en enero de 1988, se inauguraba la Base Antártica Española Juan Carlos I. Ese mismo año, España se convertía en miembro consultivo del Tratado Antártico. En ese momento, la base estaba financiada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y el CSIC.

“Desde su fundación, la BAE Juan Carlos I ha sido un laboratorio de referencia para la investigación antártica española y ha servido para unir y dar forma a una importante comunidad científica en la Antártida, favoreciendo la cooperación científica y técnica internacional”, explica Jordi Sorribas, director de la Unidad de Tecnología Marina del CSIC.

Renovación de la base

Las instalaciones fueron diseñadas para no ser usadas más de 20 años; por ello, en el año 2000 se inició el estudio de su renovación. Durante la actual campaña 2016-2017 se va a llevar a cabo la última fase de las actuaciones de remodelación, centradas en la instalación de los servicios finales y la puesta en funcionamiento conjunta de todos los sistemas. La renovación y el nuevo equipamiento de laboratorios y espacios generales tienen un coste total aproximado de 16 millones de euros, financiados principalmente por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

“Gracias a la labor de aquellos pioneros y la constancia de personas e instituciones durante 30 años, hoy en día España tiene una posición respetada en el ámbito de la investigación en la Antártida. Las instalaciones de las que disponemos permiten vertebrar colaboraciones internacionales, gracias también al trabajo de unos equipos competentes y profesionales que generan una producción científica de primer nivel”, destaca Sorribas.

La BAE Juan Carlos I está incluida en el Mapa de Instalaciones Científico Técnicas Singulares. La base está íntegramente gestionada por el CSIC, a través de la Unidad de Tecnología Marina, que asume además la organización logística de las actividades antárticas que se desarrollan al amparo y bajo la coordinación del Comité Polar Español, dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

La investigación Española en la Antártida se enmarca en el contexto del Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2013-2016 (MINEICO), que financia los proyectos científicos aprobados dentro de los distintos programas del Plan y el resto de proyectos científicos y actividades programadas dentro de la campaña antártica española.

Investigadores logran cultivar una de las especies de microalgas más dañinas para los peces

Alejandra Aguilera, busca profundizar en los misterios que esconde la Pseudochattonella cf. verruculosa, especie que provocó la muerte de millones de peces y la eventual crisis de las industrias salmoneras en el sur de Chile

USS/DICYT Aunque “Marea Roja” es un término conocido en todo el mundo, resulta confuso, pues el fenómeno no es una “marea”, ni mucho menos “roja”. Lo más adecuado es hablar de Floración Algal Nociva (FAN), la que se podría definir como un aumento de la concentración de una especie de microalga que puede afectar la salud humana, la fauna marina, la acuicultura, el turismo y otras actividades económicas.

Una de las principales especies de microalgas formadoras de FAN presentes en Chile es Alexandrium Catenella, agente biológico productor de toxinas que forman el Veneno Paralizante de Mariscos (VPM), el mismo que se presentó de manera muy intensa durante el verano de 2016 en el sur del país. Paralelo a lo anterior, en el mismo periodo se presentó una FAN provocada por la microalga Pseudochattonella cf. Verruculosa, la que causó un dramático impacto en la industria salmonera local, provocando la muerte de toneladas de peces, con pérdidas millonarias.

Mientras algunos aseguran que la causa radica en el polémico vertimiento de salmones muertos en alta mar –hecho que quedó descartado por un grupo de investigadores convocados por el gobierno–, otros lo atribuyen al cambio climático, hipótesis que ha tomado fuerza por el evidente aumento de un tipo específico de poblaciones algales nocivas registradas en las costas chilenas. En este contexto, la directora del Bachillerato en Ciencias de la Salud de la Universidad San Sebastián, Dra. Alejandra Aguilera, está liderando una línea de investigación junto a profesionales y académicos de otras casas de estudios en Puerto Montt, la cual ya tiene sus primeros avances, pero también muchas interrogantes por resolver.

“Hoy sabemos que el agente biológico responsable de la producción del Veneno Paralizante de Mariscos (VPM), Alexandrium Catenella, produce además efectos nocivos en salmones, pero que no estarían relacionados con la toxina productora de VPM. En realidad, son otras sustancias ictiotóxicas que estarían afectando y provocando, muchas veces, mortalidad, lo que también nos afecta como sociedad, pues golpea actividades tan importantes como la salmonicultura”, explica Aguilera.

Luego de meses de intenso trabajo e investigación, toma de muestras y múltiples ensayos, el equipo de científicos logró el cultivo y mantenimiento de Pseudochattonella cf. Verruculosa, de la cual se sabe muy poco, pero lo que está claro, es que está teniendo incidencia en el comportamiento y ciclo vital de los peces. De hecho, de acuerdo a las investigaciones, esta sería la causa de la mortandad registrada en los fiordos de la Patagonia nacional.

Quizás por eso el interés de otros países americanos y europeos de contar con este cultivo único a nivel nacional e internacional, pues su estudio permitirá sentar las bases para desarrollar investigación y conocer aspectos biológicos que expliquen su proliferación en el ambiente marino.

“La verdad es que el haber cultivado este grupo de microalgas, de origen chileno, es un logro sumamente importante, porque a futuro nos permitirá proponer estrategias preventivas para contener un aumento de este tipo de floraciones nocivas que están matando los peces”, subraya la académica de la Universidad San Sebastián.

El estudio de estas microalgas aún está en etapa inicial, y Aguilera comenta que la investigación sobre esta especie permitirá recabar datos para comenzar a responder las interrogantes. “Estamos conscientes de que será un largo proceso. Ya hemos avanzado y hoy necesitamos iniciar estudios tendientes a responder interrogantes sobre su fisiología, genética, ciclo de vida, saber cuáles son los factores ambientales (luz, temperatura, nutrientes, salinidad, entre otros) que gatillan su crecimiento, para así contar con herramientas que nos ayuden a explicar su procedencia y brote en los ambientes marinos de nuestras costas y fiordos”, subraya la profesional.