Biología

Una singular regulación genética da a un insecto la capacidad de sobrevivir en ambientes congelados


(NC&T) Los adultos de esa especie, Belgica antarctica, pierden su habilidad de expresar continuamente estas proteínas protectoras del choque térmico. Como la mayoría de los animales, los insectos adultos sólo producen estas proteínas cuando están bajo presión ambiental.

Estas proteínas ayudan a las larvas de insectos a defenderse contra las presiones ambientales, que comprenden cambios de temperatura, así como cambios en los niveles del oxígeno y del pH.

"Han encontrado una manera de mantener cierto nivel de estas proteínas de choque térmico y todavía seguir produciendo proteínas que son vitales para el crecimiento y el desarrollo", explica David Denlinger, el autor principal del estudio y profesor de entomología en la Universidad Estatal de Ohio.

Este mecanismo parece ofrecer protección a las larvas durante su vida de dos años, que en su mayor parte pasan atrapadas en el hielo.

Regulación genética
Dos insectos adultos apareándose. (Foto: Richard Lee, Miami University)
Todos los animales, incluyendo al Ser Humano, producen proteínas de estrés o choque térmico, pero normalmente sólo lo hacen durante momentos de presión física extrema, ya que esto compromete temporalmente la producción de otras proteínas importantes.

La producción de esta clase de proteínas "de emergencia" normalmente causa la detención del crecimiento. Pero en este caso, las larvas continúan alimentándose y creciendo mientras producen las citadas proteínas.

El Belgica antarctica es poco más grande que un grano de arroz, pero pese a ello es el animal terrestre de mayor tamaño vagando libremente que habita en la Antártida. Las larvas parecen gusanos negros diminutos.

Es la especie más grande que se ha adaptado a vivir en el continente a lo largo de todo el año. Otros animales nativos, como las focas y los pingüinos, pasan mucho tiempo en el agua. El Belgica antarctica también es el único insecto conocido que habita en la Antártida.

Denlinger dirigió el estudio con investigadores de la Estación de Red River Valley (en Fargo, Dakota del Norte), la Universidad de Liverpool, la de Miami y la Estatal de Ohio.



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