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Índice
1. Introducción
2. Materiales y métodos
3. Discusión y resultados
4. Conclusiones
5. Bibliografia
6. Sobre el autor
Discusión y resultados
Existe un constante debate sobre el reto que plantean las plantas transgénicas, el cual no puede realizarse sin introducir la gama de efectos que ellas producen tanto en el entorno biofísico como en las relaciones socioeconómicas; y el tampoco sería completo si se omitieran los juegos de interés comercial, político y económico que subyacen con esta tecnología, donde la ética, las relaciones comerciales entre países, la salud de la población, los patrones de consumo y la globalización entran en juego para definir los modelos de agricultura.

El modelo transgénico es la continuación de la REVOLUCIÓN VERDE (originada a mitad del siglo XX en E.U.), que fue exportado al planeta entero por sus tremendos éxitos en el incremento de la producción agrícola. Los seguidores de este modelo de modificación genética presentan a las plantas transgénicas como parte de "una estrategia que disminuirá el hambre en el mundo en tanto participe de los modelos de agricultura sostenible"; sus críticos manifiestan que el problema de hambre no se resuelve a punta de tecnología sino de justicia social y equidad, ellos se basan en el hecho de que nunca antes en la historia de la humanidad se habían producido más alimentos per-cápita que en la actualidad, y a la vez, nunca antes se habían elevado los índices de muertes por obesidad en los países desarrollados y de muertes por inanición en los países pobres.

Qué tan ciertos son los argumentos de los defensores de ésta tecnología?. No es posible omitir las condiciones comerciales y económicas en las que se desarrolló la transgénesis: La investigación biotecnológica que generó las primeras plantas transgénicas, aprovechó el acervo de conocimientos acumulados durante siglos en los modelos científicos. Una vez se comprendieron las bases genéticas y moleculares de la biología celular y se entendió el enorme potencial futuro que ofrece la manipulación genética, el negocio pasó a manos de las compañías transnacionales que dominan los mercados mundiales de semillas y de agroquímicos; en la actualidad solo siete de esas compañías acaparan el mercado mundial de semillas transgénicas, es lógico comprender que para asegurar sus ganancias con el éxito de esta tecnología buscaran posesión sobre los avances biotecnológicos a través de patentes que les confieren el derecho de propiedad, posesión que es altamente cuestionable especialmente porque el conocimiento requerido para la manipulación de plantas es el producto de siglos de trabajo científico y saber tradicional de la humanidad. El mercado transgénico se apoya en la obtención de patentes y en el cobro de derecho sobre la utilización de semillas, lo que empaña el futuro del ilustre campesino, al permitir que las semillas que él hace germinar tengan dueño absoluto; por tanto este modelo está al servicio de las compañías transnacionales y no al de los campesinos.

Pero la polémica no se detiene ahí, varios escándalos han sacudido al país en relación con la venta y comercialización de cultivos transgénicos. En mayo del año 2001 se detectó soya transgénica en los envíos de buena voluntad del gobierno norteamericano dirigidos al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que son repartidos entre niños de bajos recursos. Nadie sabía que era soya transgénica. El 2 de septiembre de 2002 aparece una nota del semanario El Espectador informando que "desde hace dos años los colombianos importamos alimentos genéticamente modificados para el consumo interno, y que en varios sectores de los Llanos Orientales se cultiva con semillas de maíz y soya tratadas genéticamente, sin control por parte del Estado y menos con advertencia a los consumidores. Las autoridades sanitarias y ambientales niegan que haya consumo y siembra de productos genéticamente modificados en el país. Pero reconocen que no se posee la tecnología necesaria para diferenciarlos del banco nacional de semillas..."

Lo anterior es motivo de preocupación: Los transgénicos son negados por sus creadores e introducidos de contrabando en diferentes países, con fines oscuros. ¿Cuáles son las razones para no colocar etiquetas en los alimentos procesados o frescos que provienen de plantas transgénicas? ¿Será temor a que el mercado castigue este tipo de productos y en consecuencia disminuyan las ventas? ¿Habrá otras razones? ¿Algo relacionado con la salud de los consumidores?... Desde que las compañías transnacionales se nieguen a etiquetar sus productos, cualquier especulación es válida. Sin importar las razones, Si deberían etiquetar estos productos, los consumidores tienen derecho a saber qué están consumiendo y a decidir sobre ello.

Una investigación realizada por los investigadores del Rodale institute, en pensilvania (EE.UU) publicada en la revista Nature; en donde se pusieron en marcha tres tipos de cultivos, dos de ellos con técnicas de agricultura biológica y un tercero en agricultura convencional.
En este último se cultivó sólo soja y maíz, se usó un fertilizante nitrogenado y pesticidas a discreción. Los de cultivo biológico fueron menos intensivos, con especies más variadas: además de pastos y varios tipos de leguminosas, se plantó maíz y otros cereales. Los pastos sirvieron para alimentar al ganado, que a su vez produjo estiércol para fertilizar el suelo; las leguminosas fueron en ocasiones añadidas al cultivo de maíz para nutrirlo (por su alta capacidad de fijación de nitrógeno al suelo). Los resultados obtenidos al cabo de 15 años son contundentes: Entre 1986 y 1995, la media anual de cosechas de maíz en los tres tipos de cultivo fué muy similar; después de una década, los beneficios económicos de los tres son equivalentes, por tanto puede deducirse que la agricultura biológica es más rentable, ya que obteniendo los mismos kg/ha es respetuosa para el medio ambiente, da vida a la tierra en lugar de esquilmarla, sus frutos son sanos y nutritivos y no perjudica a los trabajadores del campo.
Los suelos donde crecen cultivos variados son más saludables que los de monocultivo y, además, retienen más nitrógeno y carbono. El hecho de que el nitrógeno se añada en etapas y no de una vez, como en la agricultura convencional (en 1998 sólo en España se han echado al campo más de 2 millones de fertilizantes), permite usar menos cantidad y evita que grandes cantidades de este elemento se filtre y acabe contaminando las aguas subterráneas. Además los cultivos biológicos contribuyen a combatir el efecto invernadero, responsable del calentamiento global del planeta.


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